Educar con María Rafols

Corrijan a los niños, siempre con amor.

Estefanía Esandi 

La M. Estefanía Esandi fue Titular del Colegio de Algemesí durante nueve años. Tenía verdadera vocación educadora. Llegó a nuestro Centro después de haber sido Directora del Parque-Colegio en Valencia, Superiora Provincial de Valencia, Superiora Provincial de Madrid y Superiora General de la Congregación.

Impulsó con verdadero interés el proceso de Beatificación de la Madre María Ràfols, que tuvo lugar en Octubre de 1994. Al cumplirse un año de este acontecimiento, redactó para el profesorado del Colegio un folleto en el que resumía lo que ella llamaba las “líneas pedagógicas congregacionales”, sacadas de nuestra propia historia. 

Al Claustro de Profesores del Colegio Santa Ana de Algemesí

 Tanto de la vida de la Madre Ràfols y de las pri- meras Hermanas como del “Cuadernillo del Padre Juan Bonal”, base de las primeras Constituciones que tuvo la Congregación en 1805, podemos extraer unas líneas pedagógicas que configuran, ya desde el principio, el perfil de la Hermana de Santa Ana educadora.

Al cumplirse el primer aniversario de la BEATIFICACIÓN de nuestra MADRE MARÍA RÀFOLS, quiero dedicaros en su fiesta estas orientaciones, deseando que se conviertan en los ejes transver- sales de toda vuestra labor educativa.

 

Con afecto entrañable

 

5 de Noviembre de 1995

 

CORREGIR CON AMOR

“Corrijan a los niños siempre con amor”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

Nosotros, profesores, ¿corregimos con amor, pensando en el bien de los niños? ¿O corregimos sus faltas porque nos mo- lestan?

San Juan nos enseña lo que debe entender un cristiano por AMOR cuando nos dice: “En esto consiste el amor, en que Dios nos amó primero”.

Nadie puede amar si antes no se ha sentido amado. No bas- ta amar en teoría. Es necesario que el niño se sienta amado, que perciba que lo queremos. Hay que expresar ese amor con gestos, con actitudes, con expresiones de cariño.

Amar no es nada abstracto. Es algo tan real como perdonar, comprender, sonreír, escuchar, responder, callar, interesar- se, condescender, ayudar… teniendo un corazón sin fronte- ras.

Los niños sabrán captar muy bien cuándo los corregimos porque los queremos y deseamos lo mejor para ellos y cuándo lo hacemos porque nos molesta su comportamiento.

Seamos comprensivos al corregir. La comprensión es el re- sultado de sumar la inteligencia y el corazón. La inteligencia capacita para percibir los resortes complejos de una actua- ción a primera vista extraña. El profesor inteligente cae en la cuenta de los matices psicológicos que condicionan el obrar de los niños.

PRUDENCIA Y JUSTICIA

“Si los han de castigar, sea con prudencia y siempre con arreglo a su falta”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

¿Se cumple esto en nosotros? ¿Castigamos siempre con arreglo a la falta o nos dejamos llevar de nuestro estado de ánimo, mal humor o de nuestra situación personal?

Justicia, sí, pero basada en la prudencia. No es justi- cia tratar a todos igual ni exigir lo mismo de todos. No es justicia tratar igual a niños desiguales.

A veces confundimos justicia con intransigencia. La auténtica justicia debe tener siempre un matiz de serena misericordia. Y en el peso de la balanza debe entrar también el corazón.

DISCIPLINA SIN VIOLENCIA

“Jamás azoten a los niños”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

 

Esto que leemos en el Cuadernito del Padre Juan ahora nos puede resultar extraño, pero acordaos de aquella máxima que marcaba antes la pedagogía del maestro: “La letra, con sangre entra.”

Aunque actualmente ya no se emplean esos métodos, hoy podemos seguir “azotando” de muchas maneras: con una palabra hiriente, con un gesto duro, con una falta de cer- canía en un momento determinado…

La disciplina es necesaria, pero sin agresividad, sin violen- cia. En nuestra sociedad actual se ha perdido la capacidad de sacrificio y el sentido de la disciplina. Pienso que aquí está la clave de todas las crisis de nuestro tiempo. Sin un mínimo de orden, de disciplina, de autoridad, no se puede instruir ni educar.

El educador debe asumir su autoridad. El niño está espe- rando que le digan lo que tiene que hacer. Si no asumimos nuestro papel, estaremos contribuyendo a la indolencia de la juventud. Hemos caído en el error de pensar que la autoridad crea traumas. Mirad, toda la vida es una sucesión de “traumas” en un sentido o en otro. Y lo que tenemos que hacer es enseñar a los niños a superarlos.

EDUCAR EN VALORES

“Pondrán el mayor empeño en dirigir a los niños

por el camino de la virtud”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

 A la pedagogía de dirigir a los niños por el camino de la virtud le llamamos hoy “educar en valores”.

Igual que enseñamos a leer y escribir, debemos enseñar pau- tas de comportamiento moral. Una educación sin valores es imposible, como imposible es construir un edificio sin cimien- tos, ya que los valores pertenecen a la esencia misma de la acción educativa.

El problema que se nos plantea es cómo enseñar valores en una sociedad que intenta transmitir a toda costa el consumo, el egoísmo, la intolerancia, el afán de poder… Nuestros niños y jóvenes se están educando (más bien “mal educando”) en todos estos contravalores, sin ser conscientes de ello. Por eso, si no les enseñamos a distinguir el bien y el mal, si no les corregimos ni les enseñamos normas morales para que sepan a qué atenerse, nunca aprenderán a comportarse ni acertarán a dar un sentido a sus vidas.

Los valores no pueden imponerse por la fuerza. La única for- ma correcta de educar en valores es arrastrar con nuestro ejemplo a los niños, que están buscando modelos de conduc- ta. Es nuestra propia vida la que realmente transmite los va- lores.

EDUCAR EN LA FE

“Formen buenos cristianos”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

 

 

 

 

La educación en la fe aparece como el valor fundamental sobre el que descansa todo nuestro trabajo educativo. Pero… ¿qué entendemos por FE?

Comencemos aclarando que la fe no es adherirse racionalmente a una serie de verdades. Tampoco es identifi- carse con una cierta filosofía de la vida. Y mucho menos consiste en llevar a cabo unas cuantas prácticas piadosas. No podremos formar cristianos si no tenemos un conoci- miento personal de Jesucristo. Y “personal” quiere decir desde la experiencia, desde el corazón.

La fe no es algo que se tiene. Es algo que se vive. Signifi- ca poner a Dios en el centro de la propia vida y apoyarse en Él en todo momento. Significa dar a la propia vida un valor trascendente.

Significa vivir de un modo coherente con lo que decimos creer. No podremos formar buenos cristianos, no podre- mos educar en la fe si en nuestra vida no se cumple lo que profesamos.

CALIDAD DE ENSEÑANZA

“Enseñen a los niños a leer y a escribir bien”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

Cuando hablamos ahora de calidad de enseñanza no nos referimos a los progresos materiales en los Centros, aunque la infraestructura también haya que tenerla en cuenta: buenas bibliotecas, polideportivos, aulas espaciosas, salones multiusos, nuevas tecnologías, aulas de informática…

La cuestión no está en tener los Centros perfectamente dotados o en contar con programaciones, proyectos educativos o diseños curriculares impecablemente elabo- rados. La cuestión está en hacer bien lo que hacemos cada día, nuestra tarea cotidiana.

Dar la sangre de un golpe es más fácil que darla gota a gota. El amor, si es grande, se expresa en los detalles. Hacer las cosas “con el mayor cuidado, con todo amor, con todo detalle”, como nos decía la Madre Ràfols. Sólo el amor auténtico puede mantener el ritmo en los días grises. De las pequeñas chispas brotan las grandes hogueras.

ACTITUD DE RESPETO

“A través de la catequesis

y de las celebraciones litúrgicas, potencien la fe con respeto y libertad”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

 

Las normas deben ser cauces que liberen. Jamás yugos que nos hundan bajo su peso. Dios es Amor, no ley. Y siente un respeto infinito por el hombre. Nunca impone sus leyes.

Tengamos un corazón amplio para respetar a nuestros alum- nos. No os impongáis por la fuerza. Respetad a los alumnos que no quieran asistir a los actos litúrgicos. No los llevéis a la fuerza a la Capilla. Procurad, eso sí, que vayan a gusto. Crear un cli- ma agradable depende de vosotros.

No se puede dar lo que no se tiene. No se puede comunicar lo que no se vive. El fuego, si no arde y quema a su alrededor, se apaga. El creyente, si tiene de ese fuego que Jesús vino a traer sobre la tierra, ira encendiendo hogueras. Hogueras para calen- tar este mundo nuestro que se nos muere de frío.

Respetemos sí, pero no hasta el punto de no transmitir nues- tras propias convicciones. Los niños necesitan que los adultos les respondamos. Somos un modelo de referencia para ellos. En estos últimos años hemos hecho del respeto casi un culto: “To- da opinión es respetable”. No. Todas las opiniones no son res- petables. Las personas sí que son dignas de respeto, pero las opiniones pueden ser simples tonterías. Tienen que argumen- tarse y se tiene que demostrar que son respetables.

SOLIDARIDAD

“Donde no lleguen unas que lleguen las otras”

(Cuadernillo del P. Juan Bonal)

 Sólo somos solidarios si compartimos. Y nuestras primeras Hermanas, hace dos siglos, entendieron esto perfecta- mente. Compartieron lo que tenían. Y no sólo dando espe- ranza y consuelo a los afligidos, no. Nuestras primeras Hermanas se desprendían incluso de lo necesario para vivir.

Por su trabajo en el Hospital no percibían salario alguno. Les pagaban en especies. Y entregaban la mitad de su ra- ción a los enfermos más necesitados. Esto es lo que se co- noce en los documentos de la época con el nombre de “despintes” es decir, emplear menos de lo que les corres- pondía, para ceder a los enfermos la parte que ellas aho- rraban de su mísera ración.

No dan de lo que les sobra. No firman un cheque dando una limosna, como solemos hacer nosotros. Dan de lo que ne- cesitan para subsistir. Tanto es así que incluso nueve de ellas mueren de hambre y necesidad.

Seamos solidarios entre nosotros y enseñemos a compartir a nuestros alumnos. Es una lección preciosa de amor que nos dejaron la Madre Ràfols y nuestras primeras Hermanas.

Con nuestro testimonio podemos transformar los Centros Educativos y el mundo. Basta que nuestra vida lleve el sello del Evangelio. Por vocación cristiana debemos ser levadu- ra en el corazón de la masa.

Sigamos, pues, el ejemplo que nos dejó marcado con su vida la MADRE RÀFOLS.

Seguimiento

Actualmente se habla mucho de “seguimiento”. Hace dos si- glos, nuestra Madre Ràfols lo vivió de una manera muy clara.

La mayor parte de su vida estuvo dedicada a los “hijos de nadie” en la Inclusa de Zaragoza, donde llegó a tener más de mil doscientos niños a su cuidado. Ante la imposibilidad de atenderlos a todos, propuso quedarse con los más débiles y enfermos y buscar para los demás personas que los acogie- ran en adopción.

Primero se preocupó de pedir informes sobre las familias y luego continuó interesándose sobre la atención que los niños recibían en sus nuevos hogares. Si el comportamiento de los padres adoptivos no era el adecuado, no dudaba en llevarlos de nuevo con ella.

En los documentos que tenemos de la época, aparecen nu- merosos casos en los que se pone de manifiesto el segui- miento de la Madre Ràfols con estos niños. Por ejemplo, entre 1820 y 1822 nos encontramos con:

– Juan, un niño de siete años que es reclamado por la Madre Ràfols porque ha llegado a sus oídos que su nueva familia lo explota obligándolo a mendigar por las calles. Manda enseguida a un empleado del Hospital para Francisco, de doce años. La Madre Ràfols se entera de que está muy desnutrido. Inmediatamente envía a buscarlo.

– Paula, de nueve años. La emplean para las faenas del Igualmente la reclama, porque considera que es demasiado pequeña para trabajar en estas labores.

– Micaela, de ocho años. Le llegan noticias de que va por el pueblo demacrada y sucia. Envía también a buscarla.

 En todos estos casos se da un seguimiento. La Madre Ràfols los seguía porque los amaba.

Profesionalidad

En una España donde el nivel cultural era bajísimo, la Madre Ràfols comprende la necesidad de prepararse para desempeñar el trabajo, tanto en el campo de la enseñanza como en el de la sanidad. Ellas mismas, después de las tareas del día con los enfermos, se quedan por la noche a estudiar para poder presentarse a unos exámenes de flebotomía que se hacían entonces. Y dicen los documentos que las Hermanas “obtuvieron mejores calificaciones que los mancebos”.

Sé que todos llevamos mucho trabajo entre manos y que, a veces, la tarea cotidiana nos desborda. Pero la formación es necesaria. Y es una labor personal, una exigencia de profe- sionalidad y un reto para seguir avanzando en nuestra labor educativa.

Al principio fueron a Zaragoza dos grupos: uno de Hermanos y otro de Hermanas. Ante las dificultades que empezaron a surgir, el grupo de Hermanos desapareció. Les faltaba cohesión.

No sucedió así en el grupo de Hermanas: todas decidieron dar la mitad de su ración a los enfermos más necesitados, todas querían ir al campamento enemigo a suplicarle al General francés por los heridos de la guerra, todas se ofrecían para cui- dar a los enfermos contagiosos del cólera…

Cuando pienso en ellas, recuerdo el relato de San Juan (cap. 21), aquella noche en el lago. Los discípulos de Jesús, junto al mar de Tiberíades, soportaban el fracaso. ¡Qué lejano quedaba aquel día en el que el Carpintero de Nazaret les había dicho: “¡Seguidme!”. Ellos fueron generosos. Unos dejaron a su padre, otros a su mujer, algunos abandonaron sus barcas y sus redes. Todos, llegado el momento, se habían alejado de su lago y de la suave Galilea. Lo hicieron con alegría, pero ahora… después de la muerte de Jesús, todo se había desmoronado. ¿Qué hacer? ¿Retornar al lago? Pedro decidió personalmente: “Voy a pescar”, dijo. Y los demás, todos a una, hicieron suya la deci- sión de Simón Pedro: “Vamos también nosotros contigo.”

Todos juntos para olvidar su tristeza. Todos juntos para mane- jar los remos. Todos juntos para volver a echar las redes. Todos juntos para soportar la humedad del lago y el frío de la no- che. Todos juntos para descubrir al Señor esperándolos en la orilla. Cohesión del grupo.

Nosotros llevamos el barco del Colegio. Rememos todos en la misma dirección y sepamos superar nuestras diferencias. Que nadie abandone los remos ni navegue en dirección contraria, porque entonces se convertiría en rémora para los demás.

Denunciar presentando soluciones

Gritar es muchas veces un deber. Nosotros queremos vivir comprometidos con la verdad, denunciando injusticias, reclamando y reivindicando los derechos propios y ajenos. Pero…

¿presentamos soluciones?

Miremos a la Madre Ràfols. Contemplemos su vida. ¡Cuántas situaciones difíciles tuvo que afrontar! Pero su palabra fue  siempre luz. Su camino, sencillo. Nunca un disimulo adulador (sólo adulan los débiles). Nunca una ironía amarga (propia de los resentidos). Expone los problemas, denuncia las injusticias, pero aporta siempre soluciones. Ese es su estilo.

Cuando estaba en la Inclusa de Zaragoza, por ejemplo, aten- diendo a centenares de niños pobres, enfermos y abandonados, denuncia el lugar insalubre, sin ventilación y sin condiciones donde estaban los niños. Denuncia el hecho, pero aporta una solución: señala otro lugar, utilizado hasta entonces co- mo almacén, que podría acondicionarse para que los niños es- tuvieran mejor.

Expone también la necesidad de separar a los niños por edades. No pueden continuar juntos los de nueve años con los de dos. Y adelanta también la solución: levantar un tabique en un determinado lugar, para conseguir espacios diferentes.

Otro problema: las amas de cría que trabajaban en el Hospital no podían alimentar bien a los niños porque su comida era in- suficiente. La Madre Ràfols reclama a la Junta una alimentación adecuada.

Vivamos comprometidos con la verdad. Denunciemos las injusticias, pero presentemos las soluciones convenientes.

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